El instinto de conservación me llevó a hacer lo indecible, algo que no estaría contando si hubiese resultado mal. Lo hice con miedo, con vergüenza, desde las sombras. Antes de iniciar este relato me preguntaba si no preferiría menos exposición, seguir el camino del común de los mortales que, dignos de distinción por sus actos de bien, eligen el anonimato porque es su voluntad -la mía también lo es- la de seguir sus días con la modestia de quien se sabe satisfecho por complacer a sus pares, y no necesitan aclarar que ese nuevo estándar de bienestar es el resultado de su inclemente y perseverante lucha contra la realidad impuesta. Hoy, casi un día después, aunque mientras escribo parezco haberme decidido por salir a la luz, conservo la misma inquietud.
La inclemente y perseverante lucha de la que hablaba, me enfrentó ayer a uno de los baluartes de la cultura imperialista (en el sentido más puro de la palabra, tal como los romanos la entendían), una de las actividades que más vulnera nuestra privacidad. Osé desafiar a la compañía multinacional de telefonía móvil con la mayor porción del mercado para pedirle de poner mi línea a resguardo de los cotidianos mensajes spam que vengo recibiendo para recargar o jugar por el millón. La respuesta fue un sí. Así que, para nosotros, para la posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino, el siguiente aviso: Movistar, Personal y Claro tienen la obligación de moverte a una lista de exclusión ni bien se lo pidas. *611 opción 8 y te mudan.
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